La mística ciudad de los dioses volvió a cobrar vida con el festival “Baila con la muerte”, una celebración en la que tradición, arte y ciencia se entretejieron para honrar la memoria y el conocimiento. En el marco de las festividades de Día de Muertos, la Zona Arqueológica de Teotihuacán (ZAT) se transformó en un espacio de encuentro entre el pasado y el presente, donde la cultura floreció bajo la luz de las velas y las estrellas.
Organizado por el Departamento de Museos y Comunicación Educativa, el evento reunió a familias, visitantes y especialistas en una jornada que combinó color, creatividad y reflexión. Desde talleres de maquillaje artístico —guiados por Jade América Barrios Martínez y Marcia Cruz Mondragón— hasta los relatos del cuentacuentos Julio César Herrera, cada actividad invitó a mirar la muerte no como un final, sino como una celebración de la vida.
El público también disfrutó de proyecciones de los documentales Proyecto de restauración en Teotihuacán y La Reina Roja, dirigidos por el cineasta Rafael Morales Orozco, que revelaron el trabajo detrás de la preservación del patrimonio arqueológico mexicano.
Uno de los momentos más significativos fue la presentación de la pieza del mes, el Incensario de la vida y de la muerte, una joya teotihuacana de la fase Tlamimilolpa (250-400 d.C.), presentada por la arqueóloga Rosalba Aguilera Muñoz.
La jornada continuó con una rodada nocturna que iluminó los caminos de San Martín de las Pirámides con luces y símbolos alusivos al Día de Muertos, uniendo a ciclistas y familias en una travesía llena de espíritu comunitario. En esa misma noche se rindió homenaje a la divulgadora científica Julieta Fierro, con una ofrenda y una charla impartida por la arqueoastrónoma Tania Santillán, en reconocimiento a su legado.
El cierre fue tan majestuoso como el escenario mismo: bajo el cielo estrellado, los asistentes observaron el paso del cometa Lemmon, un astro que se aproxima a nuestro planeta una vez cada mil años, guiados por el arqueoastrónomo Arturo Montero. Un espectáculo celeste que recordó la conexión entre la humanidad y el universo.
Con ofrendas escolares, exposiciones, talleres y observaciones astronómicas, Teotihuacan reafirmó su papel como un epicentro vivo de cultura y conocimiento. Así, entre velas, ciencia y tradición, la antigua ciudad volvió a celebrar la vida… bailando con la muerte.





