Por: Dulce María Aguilera

Muchas veces pensamos que el bienestar está en grandes cambios, cuando en realidad puede comenzar con algo tan simple como variar el camino que tomamos todos los días. A esta práctica se le ha llamado el “efecto fuera de ruta”, y cada vez más especialistas en psicología y neurociencia la reconocen como un hábito que mejora la creatividad, reduce el estrés y fortalece la salud mental.

La explicación es sencilla: el cerebro tiende a funcionar en “piloto automático” cuando repetimos la misma rutina. Tomar la misma calle al trabajo, comprar en la misma tienda o sentarnos siempre en el mismo lugar genera comodidad, pero también adormece la mente. Al cambiar de camino, aunque sea una sola vez a la semana, se activan áreas cerebrales relacionadas con la atención, la memoria y la capacidad de resolver problemas.

Además, romper la rutina tiene un impacto emocional. Al enfrentarnos con un paisaje distinto, un negocio nuevo o simplemente con rostros diferentes, se despierta una sensación de novedad que ayuda a disminuir la carga del estrés cotidiano. Incluso, algunos expertos lo consideran una forma de “microaventura urbana”: explorar lo que ya existe a tu alrededor, pero con ojos frescos.

La práctica también puede traducirse en beneficios sociales. Al elegir otra ruta, es más probable descubrir cafeterías, parques o espacios comunitarios en los que se generan interacciones distintas y positivas. Esto contribuye a crear lazos más amplios con el entorno, un factor clave en la construcción de bienestar.

Así que la próxima vez que tengas prisa por llegar al mismo lugar de siempre, prueba con un giro distinto. Camina por otra calle, toma otro medio de transporte o detente en un punto diferente. Quizá descubras que el secreto para salir del estrés no siempre está en escapadas lejanas, sino en atreverse a ir “fuera de ruta” en lo cotidiano.

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